“El espacio es duro” o, en inglés, “Space is hard”, es una máxima ampliamente utilizada en la industria aeroespacial para describir una realidad operacional que no siempre resulta evidente fuera del sector: una misión espacial está sometida a un entorno físico que introduce variables difíciles de reproducir completamente en tierra. Radiación, ciclos térmicos, degradación de materiales, actividad solar y la dinámica orbital forman parte de las condiciones que determinan la evolución de una plataforma una vez puesta en órbita.
La controversia generada en Colombia alrededor del final de la misión del FACSAT-2 Chiribiquete se ha desarrollado durante los últimos días bajo titulares que presentan el episodio principalmente como la “caída” prematura o pérdida anticipada del satélite. Publicaciones difundidas entre el 26 y el 29 de septiembre de 2026 han puesto el foco en que el país no disponía del FACSAT-2 durante el terremoto del 10 de agosto y en la ausencia de una comunicación pública inmediata sobre el final de la misión.
El punto técnico que debe establecerse desde el comienzo es que el FACSAT-2 no era un satélite convencional de grandes dimensiones destinado a proporcionar imágenes de muy alta resolución de manera permanente. Se trataba de un nanosatélite de arquitectura CubeSat 6U desarrollado dentro del programa FACSAT, con una plataforma suministrada por la compañía danesa GomSpace y un programa asociado de transferencia tecnológica y desarrollo de capacidades para la Fuerza Aeroespacial Colombiana. El fabricante describió expresamente el proyecto como una misión de observación terrestre de 6U concebida también para desarrollar capacidades nacionales mediante la participación directa de personal colombiano en las distintas fases de la misión.
El registro presentado por Colombia ante la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre (UNOOSA) identifica al FACSAT-2 Chiribiquete como el objeto espacial 2023-054AD, con una órbita de aproximadamente 482 kilómetros de perigeo y 498 kilómetros de apogeo, una inclinación de 97,4 grados y un período orbital de 94,3 minutos. Su función general quedó registrada como satélite de observación de la Tierra para estudios multitemporales sobre el territorio nacional.
La carga de observación estaba orientada a aplicaciones de teledetección y no a la generación de productos equivalentes a los ofrecidos por las grandes constelaciones comerciales de observación de la Tierra. Documentación técnica de la FAC describe una cámara multiespectral con una resolución espacial cercana a cinco metros por píxel y siete bandas espectrales, incluyendo capacidades en el infrarrojo cercano y de onda corta. El satélite también incorporaba una carga relacionada con el análisis de gases de efecto invernadero, desarrollada en el marco de la cooperación con Ecopetrol.
La resolución de su cámara, de aproximadamente 4,7 metros por píxel define de manera concreta el tipo de información que podía generar la plataforma. Cada píxel representa una superficie del terreno de unos 22 metros cuadrados. El sistema puede producir información útil para análisis territoriales, cobertura vegetal, cambios de uso del suelo, deforestación, infraestructura y estudios ambientales, pero no está diseñado para proporcionar el nivel de detalle de una plataforma óptica submétrica destinada a identificar individualmente elementos estructurales de edificaciones después de un desastre.
En el mercado internacional existen actualmente sistemas específicamente orientados a observación de muy alta resolución. La constelación Pléiades Neo de Airbus emplea satélites ópticos con resolución nativa de 30 centímetros y capacidad de adquisición diaria, mientras que la constelación SkySat de Planet está integrada por 15 satélites y proporciona imágenes de 50 centímetros por píxel con posibilidades de revisita de un mismo punto hasta diez veces al día. Son arquitecturas concebidas para responder a necesidades de adquisición de imágenes de alta frecuencia y alta resolución mediante una masa de activos orbitales que un CubeSat individual de seis unidades no puede replicar.
Esta diferencia es particularmente relevante para entender la hipotética labor del FACSAT-2 en el terremoto del 10 de agosto de 2026. El evento, que afectó inicialmente a varios departamentos del occidente colombiano y del Eje Cafetero, requirió información procedente de diferentes plataformas, debido a que la evaluación de daños posterior a una catástrofe de este tipo, por lo general combina imágenes ópticas, radar, información aérea (proporcionada por aviones de reconocimiento que fueron desplegados por la Fuerza Aeroespacial Colombiana) y datos de campo en tierra.
La experiencia internacional demuestra que una emergencia de esta naturaleza no se resuelve mediante la disponibilidad de un único satélite óptico. En los mecanismos internacionales de respuesta ante desastres se emplean simultáneamente sensores ópticos y radar, imágenes previas y posteriores al evento, sistemas de información geográfica y observaciones aéreas. Copernicus, por ejemplo, utiliza imágenes radar Sentinel-1 capaces de operar de noche y atravesar nubosidad, mientras que las imágenes ópticas de alta resolución aportan información adicional para identificar daños visibles. La evaluación satelital de daños, además, tiene limitaciones inherentes relacionadas con resolución geométrica, condiciones atmosféricas, geometría de observación y daños que no son visibles desde el espacio.
Por esa razón, la afirmación de que la disponibilidad del FACSAT-2 habría resuelto por sí misma la necesidad de información posterior al terremoto no corresponde con la realidad ni con la arquitectura de respuesta empleada en este tipo de emergencias, un argumento que quienes hicieron la "denuncia" de la caída del satélite omitieron completamente.
Una eventual imagen obtenida por el Chiribiquete habría constituido una fuente adicional de información, pero su resolución de aproximadamente cinco metros, su frecuencia de revisita sobre un punto determinado, la geometría de su órbita y la naturaleza óptica de su principal sensor (con limitadas capacidades para observar en detalle edificios y estructuras físicas como carreteras) no habrían eliminado la necesidad de emplear plataformas de mayor resolución, sensores radar y sistemas con capacidad de adquisición rápida sobre áreas específicas.
La propia documentación contractual de la Fuerza Aeroespacial demuestra que Colombia dispone de una arquitectura de acceso a información espacial que no depende exclusivamente de los FACSAT. En octubre de 2025 la FAC formalizó un contrato por 4.258 millones de pesos para el servicio de transmisión de imágenes satelitales de alta resolución temporal, cobertura y resolución submétrica. El contrato, adjudicado a Procalculo Prosis, tuvo como objeto suministrar información satelital para la Fuerza. En 2024 también se había contratado un servicio de transmisión de imágenes de alta resolución temporal, cobertura y resolución submétrica.
Existe además un antecedente específico de cooperación internacional que fue utilizado durante la emergencia de agosto. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres activó la Carta Internacional sobre el Espacio y los Grandes Desastres para obtener información satelital destinada a evaluar los efectos del terremoto. El proceso involucró a la UNGRD, la FAC, el IGAC, el PNUD y otras instituciones, con procesamiento de imágenes de alta definición y sobrevuelos sobre las zonas afectadas.
La FAC informó ahora que, durante la emergencia, empleó “todas sus capacidades tecnológicas, incluyendo sensores satelitales al servicio de la FAC y plataformas aéreas equipadas con sistemas electroópticos”, con las que obtuvo imágenes correspondientes a 6.626 kilómetros cuadrados de los municipios afectados. Esa información fue puesta a disposición de las entidades participantes en las mesas de coordinación interinstitucional, con intervención del Comando de Inteligencia Aérea y Espacial (CIAEC), el Centro Nacional de Recuperación de Personal (CNRP), la UNGRD y el PNUD.
El aspecto más relevante de la controversia actual está relacionado con la diferencia entre vida útil de los componentes y permanencia orbital. La FAC precisó que, desde la planeación del proyecto, se contemplaron ambos parámetros de manera separada: los componentes electrónicos fueron diseñados y calificados para operar hasta cinco años en el entorno espacial, mientras que la permanencia orbital fue estimada en aproximadamente 3,04 años, con una variación condicionada por las condiciones naturales del espacio.
La distinción es fundamental. Un satélite puede conservar componentes electrónicos con una vida de diseño determinada y, al mismo tiempo, disponer de una vida orbital limitada por las condiciones de su trayectoria. En una órbita terrestre baja, la atmósfera no desaparece completamente. Las capas superiores de la atmósfera generan resistencia aerodinámica sobre los objetos orbitales y esa resistencia reduce progresivamente su energía orbital. NASA explica que el arrastre atmosférico se incrementa cuando aumenta la actividad solar porque la termosfera se calienta y se expande, elevando la densidad atmosférica en las altitudes donde operan numerosos satélites LEO.
La Agencia Espacial Europea emplea precisamente índices solares y geomagnéticos para sus modelos de densidad atmosférica utilizados en cálculos de arrastre orbital. La interacción entre la atmósfera superior y los satélites puede modificar significativamente la órbita a lo largo del tiempo, y las predicciones dependen de modelos de densidad que incorporan variables solares y geomagnéticas.
La NASA y la NOAA de Estados Unidos declararon en octubre de 2024 que el Sol había alcanzado el período de máximo del ciclo solar 25. Ese máximo coincidió con la fase operacional del FACSAT-2 y proporcionó un entorno de actividad solar que incrementó las condiciones de arrastre en órbita baja.
El estudio publicado en arXiv el 21 de septiembre de 2026 que reconstruyó la evolución orbital del FACSAT-2 utilizando 3.696 elementos orbitales TLE, índices solares y geomagnéticos y el modelo atmosférico NRLMSISE-00 y que desató toda esta polémica, estableció el 27 de octubre de 2025 como fecha del reingreso físico y calculó una vida orbital de 926 días. El modelo atribuye una parte significativa de la reducción de la vida orbital respecto del escenario ambiental empleado originalmente a una actividad solar superior a la prevista.
El estudio proporciona además un dato particularmente significativo: durante la misión, el índice F10.7 presentó un promedio de 170,8 unidades de flujo solar, frente a las 139 unidades utilizadas en el escenario ambiental derivado de la previsión oficial de 2019. El modelo calcula que ese escenario ambiental menos activo habría extendido la permanencia orbital en un factor aproximado de 1,52. El trabajo también identifica el efecto de las tormentas geomagnéticas y encuentra un incremento mediano del arrastre de aproximadamente 1,92 veces durante los episodios intensos analizados.
El hecho de que otros objetos del mismo lanzamiento hayan experimentado reingresos antes que el FACSAT-2 aporta un segundo elemento técnico. La FAC señaló que 30 de los 51 satélites desplegados en la misión Transporter-7 reingresaron antes que el satélite colombiano. Los registros orbitales disponibles confirman que numerosos objetos de esa misión dejaron de estar en órbita durante los años 2024 y 2025, mientras FACSAT-2 permaneció hasta octubre de 2025.
Existe, no obstante, un asunto distinto que sí merece atención: la comunicación pública del término de la misión. Los registros orbitales independientes sitúan el reingreso físico del FACSAT-2 el 27 de octubre de 2025. La FAC señala que la información analítica sobre el fin de vida fue consolidada posteriormente y que el 1 de diciembre de 2025 radicó ante la Cancillería el informe oficial mediante comunicación N.° 1581724-RA, para el trámite correspondiente ante UNOOSA a través de la Misión Permanente de Colombia.
La controversia sobre la comunicación pública se originó también porque publicaciones institucionales posteriores al reingreso continuaron describiendo al FACSAT-2 como activo. Una publicación de noviembre de 2025 señalaba que el FACSAT-II “sigue aportando información clave para el monitoreo ambiental”, mientras una publicación de diciembre de ese mismo año reportaba aproximadamente 12.800 órbitas y 1.400 imágenes. Ese aspecto forma parte legítima de la discusión sobre comunicación institucional y transparencia, pero es diferente del mecanismo físico que produjo el reingreso orbital.
La finalidad del programa FACSAT también ha quedado parcialmente desdibujada en la discusión pública. Desde su concepción, el programa fue planteado como un mecanismo de transferencia tecnológica, formación de personal, diseño de misión, operación de satélites y generación de conocimiento.
La evolución posterior del programa confirma esa lógica. Durante 2025 la FAC reportó avances en el proyecto FACSAT-3A, orientado al desarrollo de una constelación de pequeños satélites para observación de la Tierra y otras cargas secundarias, junto con el fortalecimiento de las capacidades nacionales de ensamblaje, integración y pruebas de sistemas espaciales. El programa contempla precisamente la acumulación de experiencia entre misiones y la transferencia progresiva de actividades hacia infraestructura instalada en Colombia.
La búsqueda de autonomía espacial forma parte de las estrategias de varios países latinoamericanos. Brasil opera una infraestructura propia de observación terrestre desarrollada durante décadas a través del programa CBERS, realizado junto con China, y cuenta con el Amazonia-1, mientras Argentina dispone de los satélites SAOCOM 1A y 1B, equipados con radares de apertura sintética (SAR) en banda L, además de los satélites geoestacionarios de telecomunicaciones ARSAT-1 y ARSAT-2. México opera el sistema MEXSAT mediante los satélites Bicentenario y Morelos 3, mientras Perú dispone del PerúSAT-1, de observación óptica de alta resolución, y Bolivia opera el satélite de telecomunicaciones Túpac Katari. Estas arquitecturas responden a diferentes niveles de desarrollo tecnológico, pero todas proporcionan a sus respectivos Estados acceso permanente o prioritario a capacidades espaciales estratégicas.
Colombia ha desarrollado capacidades propias en pequeños satélites, pero no ha logrado consolidar todavía un sistema nacional de observación de la Tierra o de telecomunicaciones comparable con los existentes en otros países de la región. El país acumula varios esfuerzos infructuosos en este campo. El principal antecedente fue SATCOL, proyecto planteado desde finales de la década de 2000 para adquirir y operar un satélite geoestacionario de comunicaciones. Las licitaciones realizadas en 2009 y 2010 terminaron sin adjudicación, después de que las propuestas recibidas no cumplieran los requisitos establecidos. Posteriormente se plantearon nuevas iniciativas para disponer de una plataforma nacional de observación terrestre, sin que ninguna de ellas culminara con la puesta en órbita de un sistema estatal de esas características.
La estrategia de la Fuerza Aeroespacial Colombiana tomó una dirección diferente mediante el programa FACSAT, utilizando pequeños satélites como plataformas para adquirir experiencia en diseño de misiones, operación orbital, procesamiento de información, formación de personal y desarrollo tecnológico. Su objetivo tecnológico no era competir con las grandes constelaciones comerciales de observación, sino desarrollar capacidades nacionales que pudieran evolucionar mediante sucesivas misiones hacia sistemas de mayor complejidad.
En paralelo, Colombia ha mantenido acceso a capacidades comerciales. La FAC ha contratado servicios de imágenes satelitales de resolución submétrica, mientras que durante emergencias puede recurrir a mecanismos internacionales de cooperación y a plataformas aéreas. Esta arquitectura resulta necesaria porque ningún nanosatélite individual puede proporcionar la frecuencia de revisita, resolución espacial, diversidad de sensores y cobertura que ofrecen las grandes constelaciones comerciales.
El caso FACSAT-2, por tanto, debe analizarse dentro de esa trayectoria. Su reingreso después de 926 días de permanencia orbital no elimina la necesidad de disponer de capacidades nacionales de observación; por el contrario, evidencia la importancia de mantener una continuidad de misiones que permita evolucionar desde nanosatélites experimentales hacia constelaciones operacionales. El objetivo estratégico no consiste en sustituir los servicios comerciales, sino en combinar estos con sistemas nacionales, cooperación internacional y medios aéreos para reducir la dependencia externa y fortalecer la autonomía tecnológica.
El mismo principio se aplica a las telecomunicaciones. Los proyectos infructuosos del pasado muestran que Colombia todavía no dispone de un sistema nacional de comunicaciones satelitales equivalente a ARSAT o MEXSAT. En 2024, el Ministerio TIC anunció un proyecto respaldado por la Unión Europea para estudiar un modelo de satélite de comunicaciones destinado a Colombia y otros países de la región, mientras la FAC continúa desarrollando su propia hoja de ruta para sistemas espaciales de observación.
La continuidad de estas iniciativas resulta determinante. La experiencia regional demuestra que una capacidad espacial soberana no se construye con un único satélite, sino mediante una cadena sostenida de misiones, infraestructura terrestre, personal especializado, procesamiento de datos, industria y financiación. En el caso colombiano, FACSAT representa una de las etapas iniciales de ese proceso y el desarrollo de futuras plataformas de observación y telecomunicaciones determinará si el país consigue transformar esa experiencia acumulada en una capacidad espacial operacional de mayor escala.
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