Uno de los aviones de apoyo aéreo cercano más certeros del mundo, que fue diseñado en plena Guerra Fría para acabar con las hipotéticas e interminables columnas de tanques de la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia que en un escenario de guerra total invadirían Europa occidental, estuvo a punto de operar con la Fuerza Aérea Colombiana. Documentos recién desclasificados publicados por el portal de defensa estadounidense "The War Zone", demostraron el interés de algunos altos mandos de la fuerzas aéreas de los Estados Unidos y Colombia para alquilar un escuadrón de estas poderosas aeronaves de ataque a tierra.

Según el documento, a principios de noviembre de 2003, el teniente general de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos Randall Schmidt, entonces comandante de las Fuerzas Aéreas Sur y de la Doceava Fuerza Aérea de los Estados Unidos, viajó a Bogotá, para reunirse con el Comandante de la Fuerza Aérea Colombiana. Durante sus reuniones, el oficial colombiano abordó el tema del arrendamiento de 18 A-10 para la FAC por un período de entre tres y cinco años.

El oficial de la bandera estadounidense transmitió el mensaje a sus superiores, quienes determinaron de inmediato que Colombia no tenía autorización para comprar A-10, sin embargo le pidió a la oficina de Asuntos Internacionales de la Fuerza Aérea que estudiara más a fondo la viabilidad de la solicitud.

En ese momento, Colombia pasaba una notable crisis social y de seguridad debido a la constante amenaza y ataques de los grupos terroristas izquierdistas presentes en el país; especialmente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que hasta la llegada del gobierno del Presidente Alvaro Uribe y el inicio del Plan Colombia, tenían sometidas bajo su dominio grandes zonas del territorio nacional.

En esa época, la Fuerza Aérea Colombiana solo contaba con un puñado de aviones desactualizados que soportaban todo el peso de respaldar las innumerables operaciones ofensivas de las Fuerzas Militares ordenadas por el gobierno contra estos grupos terroristas. Aeronaves de ataque ligero A-37 Dragonfly y OV-10 Bronco, así como en los aviones de combate israelíes Kfir acompañados de cañoneros AC-47T Fantasmas se veían a gatas para proporcionar apoyo aéreo para las operaciones del Ejército en las remotas selvas del país. Nada mejor para aumentar la escasa capacidad ofensiva de ese entonces, que equipar a la Fuerza Aérea Colombiana con los A-10 Warthog. 

Con el paso del tiempo, el General Schmidt descubrió que había un apoyo incipiente sobre la idea de alquilar los aviones al país sudamericano, tanto del alto mando de la Fuerza Aérea como del jefe del Comando de Combate Aéreo (ACC) que controlaba la mayor parte de las aeronaves con código de combate de la USAF -incluidos todos los A-10 en servicio activo-. 

El citado documento señala que "Reactivar un número limitado de (alrededor de 12) A-10 para arrendamiento es factible y tiene beneficios", aunque desafortunadamente, había obstáculos burocráticos significativos en el camino.

El problema más inmediato fue que el Comando de Combate Aéreo (ACC) no estaba interesado en entregar un escuadrón de sus preciados aviones a Colombia. Con los aviones bimotores de ala recta durante mucho tiempo fuera de producción, los funcionarios de la Fuerza Aérea preguntaron cuantas células se encontraban disponibles el famoso cementerio de la Base de la Fuerza Aérea Davis-Monthan en Arizona.
Documento desclasificado que refiere sobre el estudio de factibilidad para arrendar un escuadrón de aviones de ataque a tierra A-10 Warthog a la Fuerza Aérea Colombiana.
La respuesta que recibieron fue que 198 A-10 estaban almacenados en esa desértica base en varios estados de conservación y ninguno estaba codificado como "XT" o "liberado para asistencia de seguridad (donación)". Del total de aviones, 151 estaban reservados como fuentes de repuestos para ayudar a sostener las flotas de la Fuerza Aérea y ​​la Guardia Nacional, así como cualquier otro proyecto que hubiera podido requerir partes de Warthog. Los otros 47 estaban designados como "XS" o en "almacenamiento inviolable"; también conocidos como almacenamiento Tipo 1000. Los aviones en esta categoría están listos para regresar al servicio con un esfuerzo mínimo, en caso de que hubiera una necesidad repentina de reemplazar un avión o por un aumento en la demanda de piezas de repuesto.

A pesar que estos aviones Tipo 1000 eran los mejores candidatos para la rehabilitación y traslado a Colombia, los altos oficiales estadounidenses no quisieron comprometerse a dejar que cualquiera de esas aeronaves saliera del almacenamiento hasta que existiera una comprensión clara y un compromiso por parte de Colombia con respecto a la "configuración requerida, plazo para la entrega, mantenimiento, capacitación  y garantías de que las aeronaves serían devueltas", destaca el documento.

Además, a la Fuerza Aérea de Estados Unidos le preocupaba que el esfuerzo requerido para alistar esos A-10 nuevamente para el combate, compitiera directamente con el trabajo de actualización y modernización de sus propios 'Warthogs'. La única manera de apoyar adecuadamente ambos esfuerzos hubiera sido la de "incurrir en costos exorbitantes para establecer nuevas instalaciones o ampliar la capacidad del Centro de Mantenimiento y Regeneración (AMARC)". El documento tambien señala que se necesitarían entre $7 y $8 millones de dólares -de ese entonces- para regenerar cada avión con destino a Colombia.

Además de todo esto, había un último impedimento para el plan que ninguna cantidad de dinero hubiera podido resolver. La Fuerza Aérea estaba muy preocupada por entrar en una pelea con el Departamento de Estado y no por restricciones a la exportación o preocupaciones por los derechos humanos, aunque los diplomáticos estadounidenses seguramente hubieran necesitado hacer una cierta evaluación de estos dos temas.
Aviones A-10 Warthog de la Fuerza Aérea de los EE.UU. y un A-29B Super Tucano de la Fuerza Aérea Colombiana realizando una misión conjunta durante el Ejercicio Green Flag 2016.
El gran problema radicaba en que, en 2001, el Departamento de Estado (DoS) le pidió al Pentágono 11 aviones A-10 para apoyar sus propios programas antinarcóticos en América Latina, incluida Colombia. El plan del DoS era usar este tipo de aviones para asperjar cultivos ilicitos y usar las características de supervivencia del A-10 para enfrentarse a los peligros que le significaban volar bajo en zonas con fuerte presencia narcoterrorista. 

La Fuerza Aérea de EE.UU. rechazó la idea del Departamento de Estado y aseguró que cada uno de los A-10 ubicados en el cementerio de aviones era esencial para mantener su propia flota de aviones.; así que un alquiler a Colombia sería visto como un potencial problema con la rama ejecutiva del gobierno estadounidense. "Pelea potencial con DoS [Departamento de Estado] si los A-10 son cedidos a Colombia como avión de ataque", advirtió el documento desclasificado.

Finalmente el estudio concluyó que "la regeneración y el arrendamiento de alrededor de 12 A-10 es teóricamente posible pero potencialmente conlleva un alto costo" y la Fuerza Aérea Colombiana optó por comprar modernos aviones de ataque ligero A-29B Super Tucano, de fabricación brasilera y que influyeron -gracias a su tecnología, bajo costo de operación y precisión en misiones de bombardero- de una forma positiva en la dinámica del conflicto colombiano.

Fuente: The War Zone.

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